Michelle #1 – Torpe despertar

En ese momento todo lo que podía ver era un cálido paisaje de un prado lleno de flores. Podía percibir sus distintos olores que me embriagaban y me abrazaban como un cálido manto veraniego. La calma que transmitía ese momento era demasiado perfecta…quizá demasiado.

— Claramente, me he dormido… —Dije para mis adentros. ¿Qué hora sería? No lo sé. Ese sitio era tan perfecto que me daba una lástima tremenda tener que salir de él, no obstante, tengo dos hermanas que cuidar y las tareas de la casa no se van a hacer solas. Con un esfuerzo sobrehumano logré abrir los ojos y mirar al despertador. 05:00 am, la hora perfecta para arreglar la casa, hacer el desayuno a Karen y Lizzy, ducharme, ponerme el uniforme de trabajo e ir a la cafetería. ¡Y todo de manera puntual!

En ese momento noté algo que antes no notaba, más bien, no podía notarlo porque antes no había intentado moverme, pero, sin saber muy bien cómo, mientras dormía había hecho un nudo con la manta y estaba completamente envuelta en ella y sin poder moverme. Respiré hondo.

— Aquí vamos… ¡Estos pequeños percances no podrán conmigo, soy la mayor de tres hermanas! —Murmuré para mí con toda mi energía mientras, internamente, buscaba una salida al suave infierno en el que estaba atrapada con suma desesperación. Quince minutos más tarde logré encontrar el nudo y contorsionarme hasta deshacerlo con los dientes. Al fin, pensé para mí mientras una lágrima se me escapaba por la mejilla.

Empecé a realizar las tareas del hogar, con esas no suelo tener problema, las he repetido demasiadas veces como para que alguna cosa mala suceda. Claro, siempre quedan los accidentes fortuitos: limpiar con amoníaco sin máscara y acabar en urgencias, caerte de la escalera cuando estás limpiando la lámpara del techo, coser el jersey favorito de tu hermana a tu falda, tener que ir así a clase y que te llamen Piernas Frías todo un año… todo fueron accidentes fortuitos. En cuanto al desayuno de las pequeñas, que, bueno, una está empezando el instituto y la otra saliendo, pero siempre serán «las pequeñas» para mí, como decía, su desayuno lo hago siempre con mucho amor, dos sánwiches de pavo con mantequilla y azúcar para darle una pizca dulce, como mi amor por ellas. Debe ser una pizca para que la mezcla dulce-salado explote en sus bocas, demasiado dulce resulta vomitivo. fueron 137 sánwiches hasta que encontré la cantidad exacta.

Solo quedaba despertar a las pequeñas, como siempre, amables, cariñosas. Fui hasta su habitación y las llamé cuidadosamente:

— Chicas, es hora de despertar, os he preparado el desayu…¡AH! —No pude acabar la frase, tenía el pié de Karen dentro de mi boca.

— Hermana, ya lo sabemos, no es que seas precisamente silenciosa cuando te toca hacer las tareas de casa.

Lizzy se dió media vuelta en su cama y suspiró.

— Yo me quedaba cinco minutos más.

Mordí el pié de Karen, que soltó un bufido.

— ¡Chicas, vestíos y desayunad, yo tengo que duchame e ir a trabajar!

Karen replicó sacándome la lengua y sacó a su hermana de la cama, arrastrándola del pié mientras ésta se sujetaba a la colcha con su vida.

Sonreí ante esa imagen, y ellas me sonrieron de vuelta.

No tenemos mucho y solo nos tenemos a nosotras, no somos perfectas, pero somos una familia. Me duché, vestí, le dí un beso a Karen y Lizzy y fuí al trabajo. Una suerte que la Universidad me permita trabajar en horario de clase para los turnos matutinos.

Llegué a tiempo, el dueño abrió con una sonrisa amable, siempre lo hacía cuando miraba a todas las chicas del personal, no me sentía del todo cómoda, pero no siento que esconda malas intenciones. Saludé al nuevo camarero, Lockey, y me preparé otro día en el Bar de Maids de San Irisburgo.

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